CHILDHOOD’S END. Arthur C. Clarke. Gollancz. London, 2011 (1953). 276 pp.
La ciencia ficción literaria, la que va más allá del efecto sensacionalista y el cliché, aprovecha la enorme libertad que da el subgénero para reflexionar sobre la naturaleza humana en su encuentro con lo desconocido, con lo radicalmente ajeno. El grado de otredad, por ejemplo, de seres extraterrestres, puede variar desde lo abstracto e indefinible, hasta lo cuasi antropomorfo, pero en todos los casos genera un contraste con lo humano. En esta famosa novela, Clarke opta por revivir a seres de la mitología bíblica: “ángeles” y “demonios” no habrían sido sino seres de otros planetas que, habiendo encontrado en los humanos pretéritos materia aún prematura para su misión, deciden dejar pasar unos miles de años para reaparecer. Cuando lo hacen, por supuesto, nadie sabe cuál es esa misión.

Un buen día del siglo XXI, descienden por la atmósfera unas naves enormes. Sus tripulantes, sin embargo, no se dejan ver, y se comunican con los humanos por medio de órdenes dadas a uno solo, y esporádicamente por radio (en inglés). Cinco años después, a partir de promesas y amenazas, han impuesto la paz universal, por lo que la gran mayoría los acepta y sigue con su vida. Hay, de todas formas, quienes se oponen. Stormgren es el secretario general de la ONU y, en tal calidad, el conducto de comunicación. Periódicamente es ascendido a la nave nodriza, sobre Nueva York, donde conversa con la voz de Karellen, el jefe de la expedición, quien insiste en que sólo es un supervisor que obedece órdenes.
Stormgren se enfrenta a la Liga de la Libertad, un grupo que repudia la invasión, pesto que erosiona el libre albedrío. Su líder es un clérigo que exige ver a los “Señores Supremos” (Overlords, como los llaman con sarcasmo los humanos) y conocer sus orígenes e intenciones. Wainwirght es descrito así: “Se encuentran hombres como él en todas las religiones. Saben que los otros representamos la ciencia y la razón, y, por mucha confianza que tengan en sus creencias, temen que derroquemos a sus dioses”. La Liga secuestra a Stormgren, y tras su rescate éste introduce clandestinamente un detector de radar a la cámara en la que habla con Karellen: décadas más tarde sabremos lo que sucedió en esa entrevista.

La segunda parte, “La Edad de Oro”, transcurre cuando ya no queda vivo nadie que recuerde la vida sin los Overlords, por lo que éstos ya bajan a socializar con los humanos. En una fiesta a la que asiste uno de ellos, hay una ridícula sesión espiritista en la que, no obstante, pasa algo alarmante: cuando Jan, el hermano del anfitrión, pregunta al espíritu por el lugar de origen de los invasores, una mujer, Jean, escribe NGS-549672 y se desmaya. Jan, aspirante a astronauta, convence a un científico de introducirlo en una de las naves que de cuando en cuando van a la patria de los Overlords. Sabe que, aunque para él serán cuatro años de ida y vuelta (si logra regresar), en la Tierra habrán pasado ochenta.
Mientras Jan viaja, Jean y su esposo, George Greggson, hartos del experimento con los extraterrestres, se mudan a Nueva Atenas, una comuna insular de renegados, que prometen no agredir a los Overlords siempre que se les deje vivir a su manera. Pero su vida idílica se ve trastornada cuando su hijo, Jeffrey, comienza a recibir mensajes en su mente, y a ser especialmente vigilado desde las naves: no es que sea un ser especial, es que es niño. En su último mensaje, Karellen explica cómo todos los seres están amenazados por la Mente Única, un proceso abstracto de fusión universal. Un día, todos los niños caminan hacia la playa y desaparecen.

En su momento, Jan regresa a la Tierra, tras una “breve” estancia en el planeta de origen, lugar que nos es descrito en toda su extrañeza. Igualmente ajeno es ahora su planea nativo, a punto de convertirse en otra cosa totalmente, al grado de que los propios Overlords deben evacuarlo. Cuando le ofrecen irse con ellos, Jan declina y decide quedarse: “Jan había entrevisto el universo en toda su terrible inmensidad, y se había dado cuenta de que no es lugar para los humanos”.
A lo largo del relato, Clarke va deslizando una serie de reflexiones sobre el sitio de los humanos en el Cosmos, sobre la Utopía y la naturaleza humana, siempre en conflicto, y sobre las infinitas posibilidades de la vida…y la muerte. Eso, y una historia emocionante, rara, extrañamente atractiva y espeluznante a la vez, la hacen una de las novelas valiosas de la ciencia ficción.


Un comentario
Una reseña útil y bien hecha.