LA HISTORIA DE LOS ÁRABES. Albert Hourani. Penguin Ransom House. México, 2018 (1991). Traducción de Aníbal Leal. 671 pp.
Hourani, británico de origen libanés, aclara desde el principio que esta es una historia de los pueblos árabes, y no del islam: la precisión es necesaria porque, aunque no siempre coinciden, la identificación entre pueblo y religión en este caso, como en el de los judíos, hace que lleguen a confundirse. A tal grado, que el autor empieza su historia con la fundación del islam, pues antes de ese momento el registro histórico es escaso y disperso, y de hecho no había una identidad “nacional”. Es sobre todo una historia política, económica, social y cultural, con poco espacio para la anécdota o el esbozo biográfico.

Al momento en que nace el islam, esa parte del mundo estaba dominada por dos potencias: el imperio bizantino y los persas sasánidas. Al sur estaba Yemen, con lengua y religión propias, y Etiopía, con su cristianismo copto. En Arabia había judíos y cristianos; esta última religión estaba marcada por numerosas sectas o “herejías”. Por lo demás, Arabia era un mosaico de tribus de pastores nómadas, con lunares agrícolas en los oasis. Su identidad lingüística la determinaba la poesía oral.

Los orígenes del islam, a principios del siglo VII, son poco claros: las primeras biografías de Mahoma, así como las primeras historias y libros de doctrina, provienen del actual Irak, más de un siglo después de la muerte del profeta. En 622 ocurrió la Hégira, la huida de Mahoma a Medina; para 629 controlaba La Meca y, a su muerte en 632, los oasis y ciudades-mercado. El reciclado creativo de materiales llamado El Corán apareció mucho después, y no se sabe cuándo, cómo ni quién lo escribió. La sucesión de Mahoma provocó divisiones e incluso una guerra civil (656-661) entre Muawiyya, primo del tercer califa, Utman, y Ali, primo de Mahoma y esposo de su hija Fátima. Del primer grupo surgieron los sunníes, mayoritarios, y del segundo los disidentes chiíes. Esta división persiste y es causa de violentos conflictos.
En ese momento, tanto Bizancio como Persia eran imperios muy debilitados, lo que facilitó las guerras relámpago que propiciaron el imperio islámico y el dominio del islam en un período impresionantemente breve, incluyendo la toma de Jerusalén, Damasco y Mesopotamia. Pronto, los musulmanes adoptaron el lujoso estilo de vida de los conquistados y comenzaron a edificar palacios y mezquitas monumentales.

En 750, los abasíes de Irak derrotaron a los omeyas de Damasco y comenzó el califato de Bagdad, una entidad multiétnica, burocrática, que dio origen a la edad de oro de su cultura. El debate intelectual, como a la fecha, estaba dominado por la lucha entre los teólogos racionalistas (aristotélicos) y los fundamentalistas, que a la larga resultaron vencedores. El comercio fue el gran motor de su prosperidad. Para mediados del siglo X había terminado la unión política; el mundo árabe se fragmentó en innumerables sectas, califatos y sultanatos: los omeyas de Córdoba, los fatimíes de Túnez-Egipto, los idrisíes de Marruecos. La historia de este período es fascinante en su enorme diversidad y pujanza: dominaron el Índico occidental, el Mediterráneo y el final de la Ruta de la Seda; se desarrolló el sistema monetario y crediticio, el derecho; escritores no árabes introdujeron temas no religiosos en la literatura árabe. Destacaron en matemáticas, medicina y filosofía y tradujeron muchos textos griegos.

Entre los siglos XI y XV el mundo árabe estuvo dividido en tres grandes califatos: Bagdad, El Cairo y Córdoba; el primero murió en 1258 a manos de los mongoles, el segundo fue conquistado por los mamluk del Cáucaso y Asia Central, y para 1492 desaparecieron los estados musulmanes en España. El mundo estaba cambiando con el ascenso de Europa y del imperio Otomano (musulmán, pero no árabe) y de ahí en adelante es una historia de decadencia, atraso, división, pobreza y resentimiento. Hourani, en este largo período, dedica capítulos del mayor interés a describir el panorama religioso, económico, social y cultural del orbe árabe, así como necesariamente, a los otomanos, bajo cuyo dominio cayó casi todo.

Poco a poco, los países árabes fueron convirtiéndose en colonias europeas, conforme los turcos entraban en su largo crepúsculo: de imperio, el islam árabe pasó a ser colonia. Las últimas partes analizan la lucha moderna entre reformistas y radicales, el conflicto árabe-israelí, las guerras mundiales, la descolonización, la violencia terrorista y el estado del mundo árabe hasta el fin de la Guerra Fría. Una obra rigurosa y bien escrita, objetiva y con amplio rango de temas, que ha quedado como referencia indispensable.

