EL PABELLÓN DE ORO. Yukio Mishima. Alianza Editorial. Madrid, 2017 (1956). Traducción de Carlos Rubio. 319 pp.
Es inevitable pensar que Mishima, conscientemente o no, puso mucho de sí mismo en Mizoguchi, narrador y protagonista de esta novela. Excepto, claro está, su origen socioeconómico, pues, a diferencia de Mishima, el joven narrador es de una clase media baja con un buen estatus sólo local. A saber qué carencias emocionales tuvieron ambos, pero estaban poseídos por un resentimiento feroz, aunque no carecían de talento, que los llevó a cometer actos desesperados y violentos. Nacido en 1929, Mizoguchi es hijo de un monje budista de un monasterio cercano a la ciudad de Maizuru, en el norte de la isla central de Japón. Es solitario, débil, introvertido y, sobre todo, tartamudo, una condición que lo avergüenza y acompleja y a la que llega a ver como su rasgo definitorio. Desde pequeño sueña con llegar a ser un tirano, su “misión oculta”.

En 1941, en plena guerra, entra al Instituto Maizuru, donde no se esfuerza por destacar: “la única fuente de mi orgullo era el hecho de no poder ser comprendido por los demás”. Desde pequeño, su padre le inspira devoción por el Pabellón de Oro, célebre edificio de un monasterio de Kioto, hoy restaurado. El primer episodio de su vida que lo impresiona profundamente es la extraña aventura con Uiko, la bella y altiva vecina con la que tiene un momento vergonzoso y que luego provoca a traición la muerte de su enamorado, un soldado desertor. Lo significativo es que, tras haber deseado su muerte, Mizoguchi la admira por su traición.
Ya con su padre muy enfermo, el chico es admitido en el monasterio del pabellón, bajo la protección del abad, al que espera suceder con el tiempo. Cuando el padre muere, Mizoguchi no siente nada; es entonces cuando se confiesa la “impotencia afectiva” que lo caracteriza. Mizoguchi relata la rutina diaria en el monasterio, cuando Kioto vive bajo la constante amenaza de bombardeos y llega a ser evacuada. Hacia el final de la guerra trabaja en una fábrica de armas y luego, durante la ocupación norteamericana, el monasterio se llena de turistas. Mizoguchi aprende inglés, lengua en la que, curiosamente, no tartamudea.

Para 1947, en medio de la inflación y la escasez, está becado en la Universidad Otani, donde conoce a Kashiwagi, otro inadaptado, que tiene los pies deformes. Como contrapunto a la impotencia afectiva de Mizoguchi, Kashiwagi le cuenta cómo, cuando una belleza se le entregó, no pudo consumar el acto, y fue sólo con una anciana repelente que logró desvirgarse. Lo mismo le ocurrirá a Mizoguchi durante un desastroso paseo por el campo con su amigo y dos chicas: en cuanto puede satisfacer sus deseos sexuales, éstos lo abandonan. Hay aquí harta materia para el psicoanálisis, supongo.
Con Kashiwagi aprende a tocar la flauta y juntos discuten sobre diversas filosofías de muerte, especulaciones mórbidas que los unen en su resentimiento. En el templo Nanzen contemplan a una mujer darle de beber su propia leche a un soldado; luego Mizoguchi conoce a otra chica que le cuenta la historia de esa mujer y luego intenta acostarse con él, sin éxito. Por un fenómeno de proyección irracional, Mizoguchi va trasladando su odio y su frustración a su antes idolatrado Pabellón de Oro.

Lógicamente, las cosas le siguen saliendo mal. Un desafortunado incidente con el abad del monasterio lo orilla a un chantaje fracasado y luego, al perder toda esperanza de ser su sucesor, huye al noreste con dinero prestado, desoyendo a un oráculo sinto que le recomienda precisamente no hacer eso. Durante ese viaje solitario por la costa fría y desolada, Mizoguchi se va perdiendo en el sufrimiento y las “filosofías” lunáticas que lo llevan de paradoja en paradoja: “Todo lo que es mortal, como el ser humano, no puede ser aniquilado, mientras que todo lo que es indestructible, como el Pabellón de Oro, se puede destruir”. Y luego, cuando termina la universidad (en último lugar de su clase) y debe pagar la deuda: “La belleza, todo lo bello… esos son mis enemigos más mortales”. Todavía el abad le da dinero para que siga estudiando, pero se lo gasta con una prostituta: por fin logra alcanzar una erección.
El 25 de junio de 1950 comienza la Guerra de Corea y Mizoguchi empieza a preparar su venganza contra el Pabellón de Oro, símbolo del mundo que, según él, lo rechaza. La noche del 1 al 2 de julio, el mundo arderá en llamas, mientras Mizoguchi se fuma un cigarrillo, contemplando su obra.

El poder de introspección, la calidad e intensidad de la prosa de Mishima, y el hecho de que estemos rodeados de Mizoguchis, que además han llegado al poder supremo, hacen de esta una novela de urgente vigencia.

