Recomponer el mundo: Paris 1919, de Margaret Macmillan.

Sesión inaugural de la Conferencia de Paz de París, 1919. www.rte.ie
Tras la Primera Guerra Mundial, el mapa geopolítico global quedó hecho trizas. La Conferencia de Paz de París, en 1919, reunió a estadistas de una treintena de naciones, para intentar reacomodarlo.

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PARIS 1919. Margaret Macmillan. Random House, 2002 (2001). Nota Preliminar de Richard Holbrooke. 794 pp.

Es extraño que estos “seis meses que cambiaron al mundo” (subtítulo del libro) hayan recibido tan poca atención de los historiadores, dado que fue entonces cuando quedó configurado el mapa básico actual de Europa central y oriental, Asia occidental, Oceanía y buena parte de África. En cualquier caso, aquí hay un estudio exhaustivo, penetrante, vívido y muy bien narrado de la Conferencia de Paz de París, que selló el destino del mundo. La percepción convencional, rigurosamente desmentida por Macmillan, es que la división del mundo fue realizada de manera negligente y apresurada por un montón de políticos y burócratas ignorantes, indiferentes a los pueblos afectados, que agruparon enemigos y dividieron identidades alegremente, con funestas consecuencias. Nada más alejado de la verdad: los dilemas a los que se enfrentaron los participantes, en la mayoría de los casos, simplemente no tenían solución satisfactoria, y muchos de ellos sufrieron verdadera angustia ante las difíciles decisiones que hubieron de tomar. En particular, y como hace Niall Ferguson en The Pity of War, Macmillan rechaza la idea de que el Tratado de Versalles fue la causa de la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, las dichosas reparaciones de guerra, lejos de quebrar a la nueva Alemania, fueron pagadas en una proporción menor; en segundo, tal afirmación releva de responsabilidades a los actores que llevaron a Alemania al nazismo. Nada de eso pasó “por culpa de Versalles”, por lo menos lo más importante.

Margaret Macmillan (1943). www.margaretmacmillan.com

A lo largo del relato, la autora nos va dejando retratos políticos e íntimos de Lloyd George, Clémenceau, Wilson y los demás protagonistas de muchas naciones, con lo que su historia incluye de manera decisiva la influencia de lo individual, lo subjetivo y emocional, en un drama internacional. La principal guía de la conferencia fueron los “14 Puntos” de Wilson, que contenían un concepto novedoso, pero muy problemático: la autodeterminación de los pueblos. Para empezar, y como preguntaron muchos que jamás obtuvieron respuesta: ¿qué se entiende por “pueblo”? ¿Denominaciones étnicas, lingüísticas, religiosas o territoriales? Europa central y oriental ejemplifica el problema: alemanes (católicos o protestantes), rusos, polacos, húngaros, roma, judíos, búlgaros, rutenos, checos, etc., dispersos por doquier en lunares poblacionales, desperdigados por distintos imperios y países. ¿Reubicaciones forzosas? ¿Cómo acomodar en casilleros limpios un mundo que llevaba siglos siendo multicultural? Algo similar ocurría con los restos del Imperio Otomano: ¿qué era exactamente Siria? ¿Qué hacer con tribus de beduinos que desconocían la idea de Estado-nación? Menudo dilema. Muchos, como Clémenceau, “sentían que estaban sembrando problemas futuros”, pero al final tuvieron que decidir. Robert Lansing, el secretario de Estado odiado por Wilson, escribió: “Se crearán esperanzas imposibles de realizarse. Costará miles de vidas”. Se quedó corto. El propio Wilson: “Lo que veo es una tragedia de decepciones”.

Lloyed George, Clémenceau y Wilson. www.bbc.co.uk

Un factor adicional fue que, por primera vez en una negociación de paz, la prensa y la opinión pública jugaron un papel determinante. Pero quizás fue aun más relevante la interacción entre el idealista, egocéntrico, intolerante Wilson; el pragmático, durísimo y sensato Clémenceau, a quien sólo cegaba su odio a Alemania; y el más joven, Lloyd George, un hombre mercurial en lo personal y consistente, a la vez que flexible, en lo político. El detalle de sus personalidades y sus relaciones, más las de muchos otros, están entre lo más interesante junto con, por supuesto, el juego geoestratégico.

29 naciones estuvieron formalmente representadas (aunque el núcleo era el Grupo de los Cuatro, que incluía a Italia); durante el desarrollo de la conferencia, persistían doce guerras regionales producto de la mundial. Había una catástrofe internacional: hambre, pobreza, fragmentación, confusión, guerra o parálisis. Rusia era un caos total, con los bolcheviques y sus adversarios en una guerra civil de cuyos resultados dependían muchas de las decisiones. Rusia no estuvo representada porque nadie sabía qué estaba pasando.

Bolcheviques durante la Guerra Civil Rusa. www.nationalgeographicla.com

Entre los muchos problemas que enfrentó la conferencia se cuentan la Liga de las Naciones, un proyecto esperanzador, pero quimérico, con el que Wilson estaba obsesionado; los “mandatos” en África, Asía y Oceanía que se convirtieron en colonias de facto; el acertijo barroco de los Balcanes y Yugoslavia, una nación nacida con malformaciones, que estalló setenta años después.

Y, claro, qué hacer con Alemania. El problema principal era que la guerra jamás había llegado hasta su territorio, por lo que la población nunca sintió la derrota en carne propia: el error fue no seguir avanzando hasta Berlín y ocupar el país. Como dice Macmillan: “…como resultado del armisticio, la gran mayoría de los alemanes nunca experimentó la derrota de primera mano”. Era difícil encontrar el punto medio entre dejar impune a Alemania o aplastar su naciente democracia, quizá dejándola a merced de los bolcheviques (el coco utilizado por los líderes nacionalistas de toda Europa). En cuanto a las reparaciones: “Es fácil, en retrospectiva, decir que los triunfadores debieron preocuparse menos por hacer a Alemania pagar, que por buscar la recuperación de Europa”. Pero, para muchos, eso sería dar carta blanca a nuevas agresiones, por la impunidad.

Firma del Tratado de Versalles. www.lavanguardia.com

Región por región, de Austria a China y de Rusia a Namibia, vamos conociendo a los coloridos protagonistas de cada delegación (algunos de ellos estrambóticos o fascinantes), así como los problemas endiablados de cada una, como el caso de Palestina y los judíos, Polonia, Manchuria, Turquía y el mundo árabe. Mientras tanto, somos testigos del día a día en un París sumido en la fiesta y el desenfreno tras años de sufrimiento, con nuevas costumbres y modas, en la transición a los Locos Veintes, cuando se incubarían los futuros totalitarismos y la segunda guerra. Una obra absorbente y necesaria.

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