TRES TRISTES TIGRES. Guillermo Cabrera Infante. Seix Barral. Barcelona, 1970 (1967). 451 pp.
Publicada el mismo año que Cien Años de Soledad, esta obra llegó oportunamente al auge de la novela latinoamericana y sus dos características principales: la proyección global de un espacio cultural único, hasta entonces muy poco conocido (y que en sus peores momentos se redujo a la mera explotación de lo “exótico”) y la centralidad del lenguaje como protagonista. En efecto, reducida al mínimo, la novela es un festín del lenguaje y, como dice el propio autor, está escrita en “cubano”, en el lenguaje coloquial de la isla. Esto último, sin embargo y desde luego, es engañoso: es una obra literaria, un artefacto intelectual y artístico que, si bien reproduce con – uno supone – fidelidad el habla de su lugar y época, en ciertos pasajes, sobre todo hacia el final, abunda en alusiones culteranas, afortunadamente absurdas y jocosas.

Toma tiempo identificar a los personajes principales, cuatro o cinco cubanos, todos amigos, con distintos oficios e idiosincrasias. La acción se desarrolla en La Habana y alrededores, en 1958. Abre con una divertida introducción al show nocturno del Tropicana, el cabaret más famoso de una Cuba festiva, corrupta y colorida, sitio de recreo y desmadre para cubanos y extranjeros, sobre todo norteamericanos, y paraíso de las mafias que se hinchan de dinero con el juego, los vicios y la prostitución. No es difícil descifrar la nostalgia de Cabrera Infante por un país que, aunque disoluto y políticamente podrido, era con todo muy preferible a la sórdida, triste y miserable dictadura que lo sucedió. Había pobreza, violencia y corrupción, pero también libertad. Ésta se acabó y aquéllas se agravaron. No es, por lo demás, una novela política sino, como se ha dicho, una apoteosis del lenguaje. Es, además, muy divertida.

La primera sección, “Los Debutantes”, utiliza testimonios y cartas para ilustrar la niñez y adolescencia de Gloria Pérez, luego “Cuba Venegas”, una futura vedette. Toda esta primera parte está centrada en la visión femenina, con un gran sentido del humor, con el habla sabrosa de las cubanas de pueblo, sus prejuicios y picardías, y la vía de movilidad social que era el mundo del espectáculo (y la prostitución). Gradualmente van apareciendo los personajes: en una sección recurrente, “Ella cantaba boleros”, Codac, un cinéfilo y “fotógrafo de las estrellas”, nos cuenta la historia de, precisamente, Estrella Rodríguez, una negra enorme, parásita y alcohólica, que sin embargo posee una voz privilegiada, al grado de que insiste en cantar a capella únicamente. Estas secciones son una maravillosa descripción de la vida nocturna habanera.

“Seseribo” nos presenta a Eribó un publicista que toca las tumbas y el bongó, indeciso en sus amores entre Cuba Venegas, la rumbera exótica, y Vivian Smith-Corona, la muy joven, rubia y rica socialité, amiga de la estirada, pero no pudibunda, Sibila, novia a su vez del cómicamente fatuo Arsenio Cue, actor y galán de televisión y radio. El corazón de Eribó se rompe cuando, en un cabaret, Vivian le confiesa que ha perdido la virginidad (a los 16) con Tony, el hermano de Sibila, un niño tonto y bizco. La secuencia en que conviven estos personajes en un cabaret es una apoteosis de la juerga, una sátira que se percibe muy realista en sus detalles.
Lo mismo ocurre con la gran fiesta que ofrece Codac en su estudio, concebida para el lucimiento de Estrella que, sin embargo, no se presenta sino hasta que Codac la localiza en un tugurio y la lleva completamente borracha. Obviamente, se queda dormida y pasa la noche con el fotógrafo. Toda la fauna y el argot de la bohemia habanera brillan en los juegos verbales.

“La casa de los espejos”, narrada por Arsenio Cue, relata sus amoríos con Livia, Laura y Mirtila, modelos de ropa interior, y luego la resaca de Codac tras su fiesta y las andanzas de Silvestre con Ingrid Bérgamo. “Los Visitantes” cambia de perspectiva y nos presenta los testimonios de Mr. y Mrs. Campbell sobre sus patéticas aventuras en la exótica Habana, seguidos de dos pésimas (geniales) “traducciones” al español de sus recuentos. Inolvidable retrato de los gringos en vacaciones, con sus absurdas visiones, una extática y otra ácida, del “Tercer Mundo”.

“Rompecabezas” es el misterioso perfil de Bustrófedon, un hombre, amigo entrañable de los otros, bufón y exasperantemente adicto a los juegos de palabras. Todo el capítulo está escrito en malabares verbales, gráficos y tipográficos, con trabalenguas y palíndromos. “La muerte de Trotsky” relata este suceso en hilarantes parodias de Martí, Lezama Lima, Piñera, Lydia Cabrera, Lino Novás, Carpentier y Nicolás Guillén. “Algunas revelaciones” cuenta el apogeo y fin de Estrella, con los atisbos de la Revolución (bombas y asesinatos) y “Bachata” cierra con la épica borrachera intelectual-prostibularia de Silvestre y Arsenio, un éxtasis orgiástico de alusiones culturales, históricas, íntimas, pero sobre todo lingüísticas, en el final de esta gran novela cubana.

