SPIRIDION. George Sand. S/e, s/f, s/l. (1839).
No sé si exista el subgénero “novela teológica”, pero si lo hay, esta novela pertenece sin duda al mismo. Novelas que describan a uno o varios personajes embarcados en una búsqueda espiritual, desde luego, hay muchas; sucede que los casos que me vienen a la mente son sobre todo del angustiado siglo XX (Hesse, por ejemplo). No es extraño que haya sido George Sand quien creara esta obra: una de las mujeres más liberadas del siglo XIXM que escandalizó incluso a la libertina París, estaba bien equipada para analizar con distancia y objetividad los dilemas a que se enfrentan las personas ansiosas por resolver sus dudas religiosas y alcanzar la paz consigo mismas y con la divinidad. Paso a paso, los narradores describen con detalle las fortalezas y debilidades de cada religión disponible en el ámbito judeocristiano y la manera en que lidian con la Ilustración y la revolución científica.

La novela se desarrolla a lo largo de varias décadas, en un monasterio italiano. El narrador central es Ángel, un novicio que, a finales del siglo XVIII, es despreciado e insultado por la comunidad. Su propio confesor se rehúsa a escucharlo; el superior de la orden le reclama sus faltas y pecados, pero no le dice cuáles son. Al borde del colapso nervioso, Ángel busca respuestas y consuelo en el padre Alexis, astrónomo, un monje huraño y solitario que no participa en los oficios y tareas de los demás, ni siquiera en los rezos y las misas. Tras un primer rechazo, Alexis lo recibe y le dice que su visita le había sido profetizada. Su relación se afianza cuando Ángel le dice que ha visto a un joven rubio, galante, radiante y vestido a la usanza del siglo anterior. Es el fantasma de Spiridion.

Alexis le explica: lo quieren volver un monje verdadero, es decir, un ser disoluto, hipócrita y mezquino. Lo odian por ser honesto en su religiosidad. ¿Volver al mundo? No, es demasiado débil. ¿Irse de ermitaño? No sirve para nada. Le aconseja ignorarlos. Funciona: pronto Ángel es perdonado. Monje y novicio se vuelven inseparables. Alexis le cuenta la historia de Pierre Hebronius, “Spiridion”, el fundador del monasterio, muerto en 1698. Judío de origen, Spiridion va transitando hacia el luteranismo, pero pronto lo seduce el catolicismo romano por sus doctrinas de infalibilidad, revelación continua, énfasis en la comunidad sobre el individuo, la unidad, el ritual, la poesía.
Luego, tras fundar el monasterio, va viendo cómo se relajan la fe y la disciplina; reexamina la fe católica y se desilusiona. Angustiado y con mucho dolor, se vuelve panteísta a la Spinoza, y finalmente ateo. ¿Qué es la Verdad? Nunca logra responderse. Cerca de morir, pide a su discípulo Fulgence que lo entierren junto con un manuscrito que contiene sus reflexiones, y cuyo cuidado deberá a su vez legar a un discípulo favorito. Cuando alguno de ellos se sienta listo, puede exhumar y leer el libro. Antes de morir, le explica a Fulgence la naturaleza provisional y progresiva de la ciencia; aunque no pretende saber lo que hay tras la muerte, le promete comunicarse con él si eso es posible.

Alexis es el heredero de Fulgence. Tras una noche de angustia junto al sepulcro, el joven ortodoxo se promete no abrir el libro sino cuando cumpla treinta años, en 1766. Cada vez más inquieto, Alexis descubre en la biblioteca una sección con libros del Index, los prohibidos. Inevitablemente, se vuelve hereje. Su periplo espiritual está teñido de una admirable sabiduría y del dolor por dejar de ser cristiano. Es el proceso por el cual cada generación lleva en su seno el espíritu del futuro, deshaciéndose de creencias y costumbres. La lógica humanística va destruyendo su fe y separándolo de la soberbia católica (y monoteísta en general): yo soy la excepción, yo soy la Verdad, el mundo se ha hecho para mí y los demás se condenarán; el católico “ha considerado al mundo como una conquista reservada a sus misioneros, y a los hombres extraños a su fe como brutos que a él solo le toca civilizar”.
Ahora bien, sin religión, el problema es que el nuevo Dios es insensible, no tiene rostro ni responde, y ello causa desolación a la mente religiosa. Cuando, muchos años después, el asceta Alexis vive alejado de la comunidad, una noche es encerrado en la biblioteca mientras se realiza la elección del nuevo superior. Rescatado por el fantasma de Spiridion, gana la elección, pero cede su lugar a un corrupto, a cambio del privilegio de estudiar a solas.

Cuando finalmente se decide a exhumar el manuscrito de Spiridion, es asaltado por las más horrendas visiones en la catacumbas del monasterio, a resultas de lo cual sufre una larga enfermedad. Lo atiende un monje-enfermero simple e ignorante, al que al principio desprecia, pero que terminará siendo su amigo íntimo al igual que su perro, Bacco. Al contacto con un humano y un animal libres de angustias espirituales, “pobres de corazón”, simples, afectuosos y sinceros, Alexis descubre el amor de la amistad, algo más precioso que la Verdad teológica: ha perdido la Fe, pero también la soberbia de la Razón, y a cambio ha encontrado la humanidad y el sentimiento.
Ya repuesto, Alexis debe enfrentar una epidemia de peste, tarea que incluye pasar una larga temporada fuera del monasterio, junto a un ermitaño de verdad con el cual, y en contacto con la naturaleza inspiradora, enterrará muertos, cuidará enfermos y consolará deudos, trabajos que no dejan espacio para las dudas metafísicas.
Ahora que Alexis está por morir, es el turno de Ángel, quien debe recuperar el texto de Spiridion y recorrer las tres fases del cristianismo mientras estalla la Revolución Francesa y los soldados entran al monasterio para cumplir, sin saberlo, los designios del Destino.

