THE INVISIBLE MAN. H. G. Wells. Shrine of Knowledge, 2020 (1897). S/p.
Como en La Isla del Dr. Moreau, una pieza de horror en la que advierte sobre los riesgos de la manipulación genética, en esta obra Wells, siguiendo los pasos de Verne, retrata al científico que pierde de vista por completo los aspectos éticos y sociales de su profesión. Sin embargo, los relatos del inglés son más oscuros y trágicos, y sus personajes más atormentados.
Al soñoliento pueblo de Iping, en Sussex, llega un día un extraño, envuelto de pies a cabeza en ropajes gruesos, con sombrero y unos lentes oscuros que no se quita ni de noche. Mrs. Hall lo recibe en su posada-pub, en la que se reúnen cotidianamente los personajes locales: médico, cura, abogado, maestro, etc. El desconocido se apropia del salón, además del cuarto que renta; es huraño y agresivo. Luego recibe un cargamento de equipo científico, con el que realiza experimentos que no permite ver a nadie. Pronto, su negativa a despojarse de la menor prenda, ni aun con el fuego encendido, suscita la curiosidad y los chismes del pueblo. Toda esta primera parte es una divertidísima disección de la sociedad aldeana, sin mayor ocupación social que la tertulia y el chismorreo. Todo tipo de versiones corren: es un fugitivo, quizás un anarquista; tal vez un hombre que ha quedado desfigurado por un accidente. El hombre se vuelve la comidilla del pueblo, empeñado en averiguar el origen del tipo y la razón de enclaustramiento y extraño atuendo. Mientras paga puntualmente la renta, Mrs. Hall lo protege de los entrometidos, pero cuando deja de hacerlo las cosas se complican.

Una noche, el vicario Bunting y su esposa escuchan ruidos en la planta baja. Azorados, contemplan cómo sus cosas se levantan por sí solas y salen por la puerta, volando lentamente. Otros incidentes similares llevan a la policía a interrogar al forastero, y en un zipizape éste pierde la chaqueta, debajo de la cual no hay nada. Exasperado, el hombre se desnuda: desaparece. No se le ve, pero se le siente, pues toma un atizador de la chimenea y, a golpes, huye. Toda esta escena es una maravilla de precisión descriptiva, fársicamente cómica y cinematográfica.
Unas horas después, en descampado, el estrafalario y cobarde vagabundo Marvel descansa junto a un arroyo. De pronto, escucha una vez y siente una mano sobre el hombro. Aterrorizado, recibe órdenes volver a la posada y, con ayuda del espíritu, recuperar unas cajas. Tras otra zacapela con los pueblerinos, hombre y fantasma huyen a la costa, donde Marvel se hace perdedizo con los cuadernos y equipo del extraño. En el pueblo costero, el profesor Kemp recibe la visita del sujeto sin cuerpo, mientras cunde la histeria colectiva por la llegada del ya famoso “hombre invisible”. Éste resulta ser Griffin, viejo conocido de Kemp de sus tiempos como estudiantes de química en University College.

La tercera parte es el relato que hace Griffin de su historia: su interés en la óptica, su obsesión con la invisibilidad, el robo a su padre, el suicidio de éste, sus pleitos con el casero y su huida, desnudo, por las calles de Londres en plena nevada. Tras quemar el edifico donde vive, Griffin deambula dándose cuenta de su idiotez: lejos de hacerlo todopoderoso e impune, se ha convertido en un estornudo invisible, pues se resfría. Los perros se le acercan para olfatearlo, deja huellas en la nieve, que además se le acumula en los hombros, y no puede usar ropa. Es un infierno. Pronto, la policía se presenta en la casa de Kemp, y Griffin decide huir una vez más. Una novela de ciencia ficción que se convierte en un relato de horror sobre los peligros de lograr lo que deseamos.

