- MAÑANA NO SERÁ LO QUE DIOS QUIERA. Luis García Montero. Alfaguara. Barcelona, 2015 (2009). 446 pp.
Poeta él mismo, García Montero, nutrido por numerosas conversaciones, traza la biografía temprana del poeta asturiano Ángel González (1925-2008), desde su nacimiento hasta su partida a Madrid en 1956, a los 31 años. Muchos fragmentos de sus poemas, esparcidos a lo largo del texto, muestran el reflejo de esos años sobre su conciencia creativa, así como sus distintos modos de expresión. Miembro de la “generación del 50”, o de los “niños de la guerra”, junto a María Victoria Atencia, Ángel Crespo, Gil de Biedma, Gamoneda y otros, su expresión está más enfocada en lo concreto y vivencial, que en experimentos estilísticos abstrusos.

Nació en 1925 en Oviedo, hijo de dos familias republicanas, de clase media, con muchas vocaciones pedagógicas, profesión del padre, del abuelo materno y de una hermana. Su infancia está marcada por la infortunada, por evitable y prematura, muerte del padre cuando Ángel tenía dos años. Quedó viuda María, su madre, con tres hijos y una hija. Tras un primer capítulo poético y evocador, que describe lo esencial de su personalidad desde la infancia de silencio, astucia e “impudicia precavida”, la obra analiza la influencia familiar: “…no conoció en persona a los dos hombres más importantes de su vida… no todas las presencias reales son de carne y hueso”.

Una vez narrada la historia de sus padres, siempre en la prosa de otro poeta, la vida de Ángel comienza en la República, donde va creciendo entre crispaciones políticas, violencia e inquietud. García Montero alterna los acontecimientos políticos en Asturias, con el panorama íntimo del departamento familiar, el vecindario, la escuela y personajes esenciales como Soledad, la criada devenida amiga y una especia de tía. Manolo y Pedro, los hermanos, discuten constantemente de política; el segundo tiene que huir a Francia por subversivo. Llega así el fracaso de la República y luego la guerra civil, el acontecimiento definitorio de las vidas de esas generaciones. Inevitablemente, como dice el autor, la guerra será materia prima de la poesía: “Los poemas caminan por unos callejones parecidos a los de la memoria, que amasa la experiencia, la selecciona, engrandece o recorta la verdad y hace que las mentiras, las imaginaciones y los olvidos lleguen a formar parte de la realidad”.

La guerra y sus secuelas son a partir de entonces los determinantes de todo en la vida. La revolución obrera en Asturias, en 1934, deja Oviedo en ruinas tras la represión. Luego, entre escándalos de corrupción, se levantan los militares y viene el caos:
Llegó también la guerra un mal verano.
Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esta vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
Pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
Atrás quedó definitivamente
Muerto lo que fue muerto.
Por eso (y por más cosas)
Recuerdo muchas veces a mi madre.

Las primeras lecturas ocurren durante el desalojo, el refugio en casa de una tía, los bombardeos, los vecinos anarquistas y comunistas, el fusilamiento del hermano. Los personajes del barrio, sus vidas y destinos, y luego la derrota, “la época del silencio”, las amistades literarias (Taibo, Amaro, Lombardero) y el club de la librería Cervantes, del pintoresco Don Alfredo Quirós. En la penuria, doña María se ve obligada a alquilar la habitación de su hijo muerto: dos militares franquistas, al principio. Ángel se vuelve ateo, la hermana Maruja se queda sin empleo por calumnias.

Machado y J. R. Jiménez son sus primeras influencias mientras, tuberculoso, se va al villorrio de Páramo del Sil, en 1944-45, donde su hermana consigue plaza de maestra. Esta estancia es crucial, y una parte muy bella, bucólica y casi medieval del relato. El propio Ángel, ya comenzando a escribir versos, es luego maestro en la remota y marginal aldea de Primout, hoy deshabitada. Al volver a Oviedo, será abogado y crítico musical, para después encaminarse a Madrid.
Un personaje entrañable, y gran poeta, sirve amablemente a García Montero para dejar este cuadro de una vida en la primera mitad del siglo XX español, que se lee como una bildungsroman.


Un comentario
La República no fracasa. La bestialidad y el salvajismo son los que (temporalmente) triunfan