THE ASSAULT. Harry Mulisch. Pantheon Books. New York, 1985 (1982). Traducción de Claire Nicolas White. 194 pp.
Una vez que la guerra perdió su aura de gloria y de ser la ocupación más noble, la reservada a los mejores, se reveló como lo que siempre ha sido: un horror puro y duro, una orgía de destrucción y miseria humana. Esto ocurrió en las dos guerras mundiales, y a partir de ellas el siglo XX tuvo que lidiar con un fenómeno hasta entonces poco atendido, es decir, las secuelas psíquicas y emocionales que dejan en los sobrevivientes. En esta novela, una de las cumbres de la literatura neerlandesa, Mulisch explora este tema en la vida de su protagonista, y quizá alter ego, Anton Steenwijk.

A los doce años, durante la Segunda Guerra Mundial, Anton vive en Haarlem con sus padres y su hermano mayor, Peter. Países Bajos está tomado por los nazis, pero la hora final se acerca. Son tiempos de miedo y miseria. Una noche de invierno de 1945, los Steenwijk están encerrados en su sala, la única habitación que pueden calentar. Mulisch describe el conjunto de cuatro casas suburbanas, aisladas de la ciudad, junto a un canal, así como a la cuatro familias que las habitan. De pronto se escuchan seis disparos. Al asomarse a la calle, ven un cuerpo triado frente a la casa de al lado, y luego ven a los vecinos, el señor Korteweg y su hija Karin, arrastrando el cadáver hacia la casa de los Steenwijk. Primer misterio: ¿por qué lo ponen frente a ellos, y no frente a la casa de los otros vecinos, con los que, a diferencia de ellos, nadie tiene relación de amistad? Anton no lo sabrá sino hasta el final de la novela, pero por lo pronto Peter, contra a opinión de su madre, sale a la calle a quitar el cadáver, que no es otro sino el de Fake Ploeg, jefe de la policía nazi y padre de un compañero escuela de Anton. Mientras el chico está en eso, aparecen los nazis. Peter, con la pistola del muerto, les dispara y huye. Ya está: la catástrofe entra en la familia, que es arrestada y separada, mientras su casa es incendiada. “Ese momento… se volvió eterno… se convirtió en parte de él y comenzó su viaje por el resto de su vida”.

El niño es llevado a la cárcel, donde comparte celda, en total oscuridad, con una joven mujer que lo consuela. Al parecer está presa por ser parte de la Resistencia. Sus reflexiones constituyen el núcleo del dilema moral de los oprimidos: “Para nosotros es más complicado. Tenemos que volvernos como ellos para poder combatirlos, de forma que dejamos de ser nosotros mismos. La cosa es que no debemos volvernos mucho como ellos, no debemos destruirnos del todo; de otra forma, al final, ellos habrán ganado”. Al día siguiente Anton es llevado a Amsterdam, entre bombardeos de los ingleses, donde sus tíos se harán cargo de él. De sus padres y hermano no vuelve a saber, hasta que se entera de que han sido asesinados. El resto de su vida, Anton tratará de superar el trauma, de olvidarlo, dejarlo atrás y labrarse su propia vida. Por supuesto, eso es imposible.
En 1952, como estudiante de medicina, un compañero lo invita a su fiesta. Es la primera ves que regresa a Haarlem Aburrido, y en un impulso momentáneo, decide visitar lo que fue su casa. Para su disgusto, la vieja señora Beumer, otra vecina, lo ve y lo invita a tomarse un café con ella. En una conversación muy dolorosa, se entera de algunos detalles de aquella noche y de las vidas de sus vecinos.

Al año siguiente se muda a un departamento. Estudia anestesiología, es apolítico y rehúye las conversaciones, películas o libros sobre la guerra: “El proceso de dejar Haarlem atrás se parecía a los cambios que enfrenta un hombre cuando se divorcia”. Alrededor de su casa hay violentos disturbios entre los comunistas y los militantes de derecha, los antiguos nazis. Entre el tumulto, Anton se encuentra a Fake Ploeg hijo, su excompañero e hijo del muerto aquel. En otro arranque, lo invita a refugiarse en su departamento: segunda conversación difícil, incluso violenta, que le aclara contra su voluntad otros hechos del pasado.
Y así sigue su vida, siempre tratando de escapar y siempre perseguido por esa noche maldita. En 1961 se casa con Saskia de Graaf, hija de un prominente diplomático; en 1966 tienen una hija, Sandra. Durante un funeral, escucha a un hombre contar cómo mató a Ploeg. Salen al cementerio y este tipo, de apellido Takes, le cuenta más detalles. Todavía hay una visita a Takes, en Amsterdam.

Luego se divorcia, se vuelve a casar, pasa largas temporadas en Toscana, padece migrañas y ataques de ansiedad. En 1978, Sandra le pide llevarla al viejo barrio, y en 1981, durante una manifestación antinuclear, se encuentra a Karin Kortewege. Los misterios se aclaran; quizás haya, por fin, una forma de cerrar el episodio. Imposible no identificarse, así sea vicariamente, con Anton, cuya vida es un estudio profundo de lo efectos duraderos de la guerra, en esta notable y nítida novela.

