Tolstói y la novia de Von Hötzendorf Los orígenes de la Primera Guerra Mundial

Gina von Reininghaus
Las desgracias mayúsculas parecen demandar grandes causas. En el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, este sugestivo ensayo destaca el peso de las pasiones, los caprichos, el azar y las intransigencias en la historia y pondera los efectos que tuvo esa conflagración en el devenir del siglo XX y en el presente de la humanidad.

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Tolstói y el determinismo

En Guerra y paz, Tolstói propone una concepción de la historia que es absolutamente determinista: los individuos no cuentan, ni siquiera los grandes líderes que tienen en sus manos, en ciertos momentos, la posibilidad de lanzar o detener una guerra, como el Napoleón Bonaparte que invade Rusia en su novela. Las fuerzas históricas se mueven ciegamente, impulsadas por movimientos impersonales que responden a ideas y circunstancias que llegan a su tiempo, nunca antes y nunca después: “Si se nos pregunta cuál es la razón de ser de los hechos históricos, contestaremos que la marcha de los acontecimientos del mundo está señalada de antemano, y depende de la coincidencia de todas las voluntades de los que en ellos intervienen, y que la de los Napoleones no tiene más que una influencia exterior y aparente”.1

De manera similar, el marxismo propuso una visión en la que las relaciones de dominación de una clase sobre otra, determinadas por la propiedad de los medios de producción, definen el curso de la historia de manera ineludible, en una evolución lineal que desembocará en un resultado necesario.2 También el cristianismo posee una visión apocalíptica de la historia, con un trazo unidireccional que terminará en la segunda venida de Cristo y la instauración del reino de Dios en la Tierra.

Cuando los hechos históricos se ven así, sobre todo con el beneficio de la retrospectiva, efectivamente parecen adquirir un carácter de necesidad, de predeterminación; todo cuadra y todo parece haber seguido necesariamente una pauta ordenada, y las explicaciones bien estructuradas ofrecen materia para tales interpretaciones.

Pero cuando los hechos se observan detenidamente, haciendo un esfuerzo por situarse en el momento y las circunstancias de los actores individuales, surgen dudas, aparecen otras historias…

La novia y las motivaciones individuales

En 1907, en una cena en Viena, el barón Franz Conrad von Hötzendorf, recientemente nombrado, a sus 54 años, jefe del Staff General del ejército austrohúngaro, conoció a Gina von Reininghaus, la esposa de un industrial vienés. Una semana después, Conrad se presentó en la casa de Gina y le declaró ardientemente su amor. Ella se sorprendió muchísimo y se negó al principio a aceptarlo, pero Conrad insistió tanto que, ocho años después, ella se separó de su marido para estar con él. Entre 1907 y 1915, Conrad le escribió a Gina cerca de 3 mil cartas, algunas de hasta 60 páginas. Como no se las podía enviar por su condición de casada (Conrad había enviudado en 1905), las guardó en un álbum titulado “Diario de mis sufrimientos”, del cual Gina no supo nada hasta después de la muerte de su apasionado amante. Esta relación se convirtió en la obsesión del general, muy por encima de los asuntos militares y de Estado, e incluso Conrad llegó a considerar la guerra como la única forma de obtener su objetivo amoroso. En palabras del historiador Christopher Clark, “solamente como un héroe de guerra victorioso, creía Conrad, le sería posible apartar los obstáculos sociales y el escándalo inherentes al matrimonio con una prominente divorciada. En una carta a Gina fantaseó sobre su regreso de una ‘guerra balcánica’, envuelto en los laureles del triunfo, lanzando la precaución al viento y haciéndola su esposa”.3

Conrad era depresivo y, como se ve, obsesivo-compulsivo. Tenía serias dudas sobre sus capacidades como líder militar y con frecuencia pensó en renunciar, pero se quedó de 1906 a 1915, ya comenzada la guerra, como jefe del ejército. Durante todo este tiempo mantuvo una posición, rayana en la monomanía, a favor de una guerra inmediata contra Serbia. Dadas las ríspidas relaciones entre ambos Estados, tuvo numerosas oportunidades de proponer una invasión, pero en todas ellas, hasta 1914, fue detenido por los políticos civiles, por el emperador Franz Joseph y por el heredero al trono, el archiduque Franz Ferdinand. Es difícil separar esta posición política de su pasión sentimental, dada la fuerza preponderante de esta en su vida privada y pública.

En 1914, cuando terroristas serbio-bosnios cometieron el asesinato, y más aun cuando se descubrieron nexos indudables entre ellos y altos funcionarios serbios, Conrad tuvo su oportunidad de oro.

Como esta historia, hay una para cada uno de los protagonistas del intenso drama que, entre el 28 de junio de 1914 y los primeros días de agosto, decidió el futuro del mundo: la adhesión obsesiva de Helmuth von Moltke, homólogo de Conrad en el ejército alemán, al plan Schlieffen; la obsesión de Von Tirpitz, ministro de Marina alemán, por alcanzar a los británicos en poderío naval; el complejo de inferioridad del káiser Guillermo ii frente a sus primos, el rey de Inglaterra Jorge v y el zar Nicolás ii, y sus poderosas naciones; el antigermanismo del ministro de Relaciones Exteriores británico, Edward Grey; la fijación del presidente francés, Raymond Poincaré, por prepararse contra un eventual ataque alemán y por recuperar las provincias perdidas en la guerra franco-prusiana de 1870: Alsacia y su natal Lorena, y la manía de los líderes políticos y militares serbios por reunir a todos los eslavos del sur en una Gran Serbia. En todos los casos, “razones” vinculadas a la historia personal de cada actor contribuyeron a formar sus posiciones políticas y geoestratégicas.

La polémica

Ninguna guerra ha generado una literatura más copiosa sobre sus orígenes, causas y motivaciones que la Primera Guerra Mundial. Hay dos razones principales para esto. Primero, la extraordinaria confusión de dichos orígenes, los arraigados mitos que la rodean y su paradoja fundamental: la lentitud de su gestación y la sorpresa que provocó entre la gran mayoría de la población, por no decir casi toda. Segundo, por la forma tan drástica y trágica en que transformó al mundo. Sobre esto último, por más que haya quien lo quiera negar, la guerra alteró todas las vertientes de desarrollo de Europa y sus colonias, así como la psique colectiva profunda: la manera en que las comunidades se veían a sí mismas y al mundo en general y lo que sentían al respecto.

La guerra dio pie a un sinnúmero de polémicas que sorprendentemente siguen tanto o más vivas que en los años inmediatamente posteriores a ella. La fundamental, y a la que alude el título de este texto, es sobre lo inevitable del conflicto armado. Esta discusión se mueve entre dos extremos particularmente alejados: una corriente de opinión afirma que la guerra era absolutamente inevitable, y que el asesinato del archiduque Franz Ferdinand, el 28 de junio de 1914, solo fue el pretexto. La otra corriente extremista se asombra ante el hecho de que el asesinato de un personaje marginal en la geopolítica europea haya podido provocar, casi de la nada, una conflagración de tales dimensiones.

Para los marxistas, sobre todo en su versión leninista, la guerra fue el resultado inevitable e inexorable del “imperialismo, fase superior del capitalismo”, que enfrentó a las potencias europeas en una lucha global sin cuartel por colonias, lo que necesariamente generó tensiones, una multitud de conflictos, carreras armamentistas y finalmente la guerra mundial. Hay quien dice que, por el contrario, los conflictos de ultramar permitieron desfogar lejos de Europa las presiones demográficas y económicas intraeuropeas, despresurizando así al continente, pero sin duda hay algo de cierto en la visión marxista-leninista: muchos de los enfrentamientos previos a la guerra que exacerbaron la paranoia y la carrera armamentista ocurrieron en lugares como Sudán, Marruecos, China y hasta Samoa, y es cierto que la ansiedad alemana por adquirir tardíamente el estatus de potencia colonial estimuló su programa naval, pero nada indica que estas escaramuzas, que habían ocurrido por siglos, tuvieran que desembocar necesariamente en una guerra europea.

Para historiadores como el “revisionista” alemán Fritz Fischer o el norteamericano David Fromkin, la guerra fue producto de una agresión deliberada de los alemanes, en su intento por conquistar Europa antes de verse abrumados por el crecimiento económico y militar de rusos y franceses. Cuando uno lee, por ejemplo, a Fromkin en Europe’s Last Summer,4 la evidencia que presenta es ciertamente convincente, pero otros, como el ya citado Christopher Clark, introducen dudas al hacer un recuento más minucioso de las actitudes y preparativos de las demás potencias.

Aun otros, como Joachim Remak, experto en la situación de los Balcanes y en la conspiración de Sarajevo, afirman con buenos argumentos que la guerra fue simplemente un embrollo diplomático mal manejado: en las décadas precedentes hubo crisis tanto o más delicadas y potencialmente explosivas, que fueron resueltas por medio de una diplomacia hábil, pragmática y competente.5 Además, en su visión, la mala fortuna, el simple y llano azar adverso, jugó un papel decisivo en los confusos acontecimientos de julio.

El debate no se zanja con decir que la verdad está en algún punto intermedio entre todas las teorías: lo que estuvo en juego, y las consecuencias de la guerra, son demasiado importantes para alejarse de la mesa con la tranquilizadora idea de que todo tiene causas tanto remotas como inmediatas y no hay nada que hacerle.

Los antecedentes

Revisemos la cadena de sucesos que llevó a la crisis: tras el final de las guerras napoleónicas, en 1815, Europa entró en un periodo de paz sin precedentes. Ciertamente hubo algunas guerras, pero fueron más bien periféricas y breves, como el conflicto en Crimea (1853-1856) en el que Gran Bretaña y algunos aliados detuvieron las ambiciones rusas por controlar los estrechos que llevan del Mar Negro al Mediterráneo, que estaban en posesión del Imperio Otomano. Mucho más importantes fueron los conflictos internos, como las revoluciones de 1848, en las que la incipiente clase obrera y los grupos republicanos se enfrentaron a las facciones conservadoras y militaristas que respondían a las monarquías y la burguesía industrial. Lejos de la visión idílica que luego quedó sobre las décadas precedentes, el XIX fue un siglo de conflictos que, si bien acotados en cuanto a mortandad y alteración de la vida cotidiana, eran síntomas de malestares profundos dentro de las sociedades europeas. Barbara Tuchman lo documentó de manera fascinante en The Proud Tower.6

Hay consenso entre los historiadores en ubicar el primer antecedente directo de la conflagración en la guerra franco-prusiana de 1870-1871, cuyo resultado más trascendente no fue tanto la rápida victoria prusiana y el derrocamiento de Napoleón III, con la subsiguiente masacre de la Comuna de París, sino la creación del Imperio Alemán y el apoderamiento por parte de este de las provincias de Alsacia y Lorena. Durante las dos décadas siguientes, la hábil diplomacia de Bismarck mantuvo la paz en Europa. El gran estadista basó su política en dos principios: el acelerado crecimiento económico, industrial y comercial de Alemania, por un lado, y la abstención absoluta en la carrera colonialista. En la visión de Bismarck, la adquisición de colonias significaba un derroche de recursos económicos y humanos y traía muchos más problemas que soluciones. Al afianzar los lazos comerciales con todos los países europeos y no ser parte de la lucha en otras partes del mundo, Alemania podía jugar el papel de fiel de la balanza en la diplomacia continental.

Pero en 1890, con la ascensión de Guillermo II al trono, Bismarck fue despedido. La primera consecuencia grave de este error fue la no renovación del acuerdo de cooperación con Rusia, pieza clave de la diplomacia anterior y cuya revocación alejó definitivamente a este país de la esfera germánica y eventualmente la arrojó en brazos de Francia, con lo cual se hizo realidad lo que más temía Bismarck: dejar a Alemania atrapada entre dos fuegos en caso de un conflicto armado. Esta situación daría pie al Plan Schlieffen, al que tanto se le achaca buena parte de la culpa de la guerra mundial.

A la vuelta del siglo, la gran generación de estadistas que había mantenido la paz y la prosperidad en Europa se fue retirando del escenario, y quienes los sustituyeron estuvieron trágicamente lejos de la estatura de sus antecesores. Como veremos, este es el punto en el que todos los historiadores coinciden: inevitable o no, la crisis que degeneró en la guerra mundial fue manejada por estadistas y diplomáticos de muy bajas capacidades, algunos simplemente ineptos y otros francamente malintencionados. Pero no adelantemos vísperas.

Durante las dos últimas décadas del siglo XIX, las potencias europeas se fueron alineando lentamente, en un proceso confuso y no carente de dudas, retrocesos y tensiones internas, en dos grandes campos. Tras la derrota de los austriacos en la guerra de 1866 con los prusianos, que luego los mantuvo fuera del Imperio Alemán, ambas naciones desarrollaron una estrecha relación que culminó, con la adhesión de Italia en 1882, en la Triple Alianza. A partir de 1894, tras la revocación del acuerdo ruso-alemán, Rusia y Francia ratificaron su propia alianza. En 1904, Gran Bretaña y Francia firmaron la Entente Cordiale, y luego los británicos formalizaron sus relaciones con Rusia en la Convención de 1907, lo cual creó de facto, si no de iure, la Triple Entente.

Ambas alianzas obligaban a sus participantes a acudir militarmente en ayuda de los otros en caso de ser víctimas de una agresión, lo que explica la importancia que cada país dio luego, en la crisis del verano de 1914, a no ser vistos como el primero en atacar. Esta condición, que en principio parece benéfica, fue en realidad causa de muchos malentendidos y confusiones que precipitaron el conflicto armado.

Al mismo tiempo que las alianzas se formalizaban, tuvo lugar el primer gran problema que las puso a prueba: la Primera Crisis Marroquí, un incidente extraño e innecesario (como, ay, todo lo que siguió). En enero de 1905, los franceses enviaron una delegación a Marruecos con el fin de definir las condiciones bajo las cuales dicho país pasaría a ser un “protectorado” francés. En contravención con la política anterior del propio Gobierno francés, los alemanes no fueron avisados ni se pensó en retribuirlos de alguna manera. En marzo del mismo año, el káiser realizó una extravagante visita a Marruecos, en la que comprometió el apoyo alemán a la independencia marroquí, causando el furor de los franceses. En una movida diplomática torpe, Alemania aceptó dirimir la controversia en una conferencia multilateral que se llevó a cabo en 1906 en Algeciras y que resultó en una derrota absoluta para Alemania, que solo obtuvo el tibio apoyo de Austria-Hungría. El error fue tan doloroso que el canciller (primer ministro) Bernhard von Bülow se desmayó en el Reichstag en abril.

La situación en Marruecos entró en un impasse hasta 1911, cuando los franceses trataron de ejercer efectivamente su control. Esto provocó una respuesta airada de los españoles, lo cual motivó a Alemania a enviar el buque Panther, una nave que estaba a punto de ser retirada de servicio, a fondear en la bahía de Agadir. Esta crisis aparentemente anodina estuvo a punto de provocar una guerra europea, debido a la intransigencia del káiser y del establishment diplomático francés, hasta que el primer ministro Joseph Caillaux resolvió el problema por la vía de negociaciones secretas, conducidas por fuera de la diplomacia oficial (lo que luego pagaría muy caro). Curiosamente, y en apoyo de tesis como la de Joachim Remak, esta solución heterodoxa dio lugar a un acuerdo permanente sobre Marruecos, que no jugaría ningún papel posterior en la guerra.

Mientras todo esto ocurría, los sucesos que desencadenarían propiamente la guerra se desarrollaban con gran complejidad en el rincón más problemático de Europa y quizá del mundo: los Balcanes. Las conquistas otomanas de los siglos precedentes crearon una situación imposible de resolver por cualquier vía razonable (basta recordar las guerras de la década de 1990). Eso —más la permanente rivalidad entre los propios turcos, los rusos y los austrohúngaros por el control de la región, y la ansiedad rusa de tener acceso militar naval a los estrechos, por no hablar del incomprensible mosaico étnico, religioso y lingüístico de la región— fue conformando el cóctel perfecto para un estallido. Fue el propio Bismarck quien, legendariamente, dijo que “algún incidente estúpido” en los Balcanes iba un día a provocar una guerra europea. Llama la atención el que las potencias de Europa occidental prestaran tan poca atención a lo que sucedía en ese lugar remoto y atrasado. Si acaso, competían por influencia en los territorios turcos del Imperio Otomano, vía el otorgamiento de crédito y la inversión en infraestructura, principalmente ferrocarriles.

Es imposible abordar aquí con detalle los antecedentes del embrollo balcánico; tanto Remak como Clark, entre otros, lo hacen con maestría narrativa. Baste decir que en Serbia, entre regicidios de un salvajismo espeluznante y la proliferación de sociedades secretas, se fue consolidando una obsesión con la creación de una Gran Serbia que uniera bajo un solo techo a todos los eslavos del sur (“yugoeslavos”), la cual era compartida a lo ancho de todo el espectro político serbio, independientemente de lo que pensara cada uno de los muchos pueblos involucrados. Como ejemplo de los extremos a que llegaba esta visión, puede citarse el hecho de que los serbios negaban la existencia de algo como la identidad croata. Para ellos, los croatas no eran más que serbios que no estaban del todo conscientes de serlo.

En 1908, el imperio austrohúngaro decidió anexar formalmente a Bosnia-Herzegovina, provincia otomana sobre la que ejercía una especie de protectorado desde 1878. Esta decisión provocó una furia extrema en Serbia y, gracias a un incidente novelesco entre el ministro de Relaciones Exteriores austrohúngaro, Alois von Aehrenthal, y su homólogo ruso, Alexander Izvolski (luego embajador en Francia, al comienzo de la guerra), estuvo a punto de provocar una guerra entre Austria-Hungría y Rusia, la cual fue oportunamente desactivada por la diplomacia francesa, británica y alemana.

En 1912, los pueblos eslavos de la región se aliaron para hacer la guerra al Imperio Otomano y despojarlo de sus últimas posesiones europeas, lo que lograron con una rapidez que sorprendió a todo el mundo. Para alarma de los rusos, los búlgaros estuvieron muy cerca de tomar Constantinopla (Estambul). Esto fue conocido como la Primera Guerra Balcánica.

Como no quedaba nada claro entre los vencedores quién se iba a quedar con qué, y como los búlgaros habían ocupado una parte de territorio que le pareció desproporcionada a sus hasta entonces aliados, estos atacaron en 1913, en lo que fue la Segunda Guerra de los Balcanes, a Bulgaria, que pronto perdió casi todas sus conquistas anteriores y que al término de la guerra se alejó de su aliado histórico, Rusia, para acercarse a Alemania, otro hecho que contribuyó a desestabilizar la región un poco más tarde.

Durante esos años, a la existencia de grupos panserbios como la Narodna Odbrana, medio clandestina y medio oficial, se sumó la aparición en 1911 de la sociedad verdaderamente secreta Ujedinjenje Ili Smrt! (¡Unión o Muerte!), mejor conocida como la “Mano Negra”, que era dirigida por un personaje digno de Emilio Salgari llamado Dragutin Dimitrijevic, alias “Apis” (porque su físico recordaba al dios-toro de los egipcios), quien era nada más y nada menos que director de Inteligencia Militar del ejército serbio.

Parecería obvio que Europa entera estaba sentada en un polvorín pero, curiosamente, los primeros meses de 1914 vieron un considerable relajamiento de las tensiones entre las potencias y acercamientos entre los principales líderes, notablemente los tres primos: el rey Jorge v de Inglaterra, el zar Nicolás ii de Rusia y el káiser Guillermo ii de Alemania. A pesar de las paranoias y planes de guerra que se preparaban en algunos sectores de la milicia y la diplomacia europeas, todo apuntaba hacia una nueva época de paz y prosperidad. Ningún historiador importante afirma lo contrario, ni siquiera quienes se concentran en los movimientos de los más encarnizados partidarios de la guerra, como Conrad von Hötzendorf, Von Moltke, el director de Operaciones Militares británico Henry Wilson o el jefe del Staff General del ejército ruso, Sukhomlinov. Paranoia y previsiones militares habían existido y existirán siempre, pero en el plano de las relaciones de la alta política y la diplomacia todo parecía ir mucho mejor que durante los ocho años anteriores, entre la Primera Crisis Marroquí y la Segunda Guerra de los Balcanes.

El asesinato y la movilización

Sin embargo, la Mano Negra tenía otros planes: durante 1913 y los primeros meses de 1914, oficiales del ejército serbio y diversos miembros de la sociedad secreta, de manera destacada el veterano de las guerras de Macedonia (1912-1913), Voja Tankosic, preparaban una conspiración para provocar un conflicto que uniría a todos los eslavos del sur. Tankosic reclutó a tres jóvenes serbiobosnios, entre ellos Gavrilo Princip, para ejecutar un atentado en contra del archiduque Franz Ferdinand, heredero al trono austrohúngaro, quien visitaría Sarajevo el 28 de junio, un día seleccionado con pésimo tino pues era el aniversario de la humillante derrota de los serbios ante los otomanos en el campo de Kosovo, en 1389 (así de duraderos son los resentimientos en los Balcanes), fin del mítico reino serbio y de la independencia de sus miembros. ¿Por qué atentar en contra de este personaje en particular? Por una razón muy poderosa: Franz Ferdinand (quien profesaba un odio acendrado contra los húngaros) aparentemente planeaba convertir la monarquía dual en una monarquía triple mediante la creación de un reino eslavo en Bosnia-Herzegovina y otras regiones (hoy Eslovenia y Croacia), con el fin de mantener contentos a dichos pueblos dándoles más autonomía y, de paso, reducir el peso político de los húngaros en el Imperio. Esto, en la visión de la Mano Negra, eliminaría los estímulos de los eslavos de dicho imperio para independizarse y unirse a Serbia, por lo que era imprescindible eliminar al archiduque de la escena.

Los sucesos del domingo 28 de junio son inverosímiles y podrían ser el guión de una mala película: la primera bomba lanzada por Cabrinovic al paso de la comitiva imperial fue rechazada por la mano del propio archiduque o rebotó en la capota del auto; explotó bajó el coche siguiente, hiriendo de gravedad a uno de los acompañantes. Los visitantes llegaron al Ayuntamiento de Sarajevo, donde el alcalde pronunció el discurso que tenía preparado de antemano, con lo cual hizo un ridículo increíble. Luego, el archiduque se empeñó en ir a visitar al herido en lugar de cancelar el resto de la agenda; se decidió alterar la ruta pero nadie avisó a los choferes, lo que ocasionó que el auto de Franz Ferdinand se detuviera, para echarse en reversa, justo frente a Princip, el cual disparó a quemarropa con tal tino que las dos heridas, la del archiduque y la de su esposa, resultaron mortales (a pesar de que la bala que hirió a Sophie en el abdomen atravesó la puerta). La historia detallada es fascinante y los historiadores coinciden en los pormenores (el principal especialista es Remak).

Las cinco semanas siguientes, en medio de la ignorancia del público en general, consistieron en una serie lamentable de errores, malentendidos, amenazas irresponsables, retractaciones de última hora y ataques de histeria que, si no fuera por las consecuencias trágicas, sería cómica. Conrad von Hötzendorf encontró por fin un casus belli impecable y, como era su costumbre, exigió una guerra inmediata, pero fue detenido por el emperador y por el ministro de Relaciones Exteriores austrohúngaro, Berchtold, entre otros, que no se sentían seguros de poder tener por sí solos éxito ante los serbios, además de que la evidencia de las ligas entre los conspiradores y el Gobierno de ese país tardaron en aparecer. Es probable que la tardanza de los austrohúngaros en atacar haya sido un grave error: dejaron pasar semanas preciosas en las que el impacto del brutal asesinato se diluyó, y permitieron que las tensiones europeas generales se agudizaran al máximo. Una ocupación rápida de Belgrado podría haber evitado el conflicto global. No fue así, y los rusos, decididos a no soportar otra humillación como la de 1908, ordenaron una movilización parcial que, por la rigidez del sistema logístico, tuvo que generalizarse, lo cual a su vez puso en alerta a los alemanes y, por consiguiente, activó la alianza ruso-francesa.

Está claro que la ausencia de mecanismos formales multilaterales, pero sobre todo de una diplomacia abierta y franca que expusiera los riesgos de la guerra para cada potencia, desató una inercia militarista que, en la última semana de julio, los políticos civiles no pudieron o no supieron detener. Una vez puestos en marcha los planes militares, la incógnita más importante era la actitud que adoptaría Gran Bretaña. El ministro de Relaciones Exteriores, Edward Grey, cometió uno de los más graves errores: jamás hizo pública y explícita su posición. De manera oficial anunció en repetidas ocasiones que su país no intervendría, pero en privado aseguró a sus aliados, sobre todo a los franceses, que los apoyaría en caso de un ataque alemán. Cada quien interpretó la posición inglesa de manera distinta: los alemanes pensaron que podían tomar París sin riesgo de intervención inglesa y los franceses se mostraron provocadores, seguros de que contarían con ese apoyo. El historiador Niall Ferguson ha escrito un libro polémico en el que asegura que, a final de cuentas, Gran Bretaña tuvo la culpa de que la guerra se materializara, justo por las razones expuestas.7

La lectura de lo que ocurrió en la última semana de julio es sumamente frustrante: tras la presentación el día 23 del ultimátum austrohúngaro a los serbios y la respuesta evasiva de estos, hubo muchas oportunidades de resolver el conflicto por la vía diplomática, sin descartar una guerra estrictamente localizada entre los dos principales afectados. Pero los egos, las consideraciones de política interna, la presión de sectores y periódicos nacionalistas, la timidez, la negligencia, la incompetencia y la pura y simple mala suerte se interpusieron en el camino de cualquier solución pacífica. Los serbios no atinaron a explicar su grado de participación en la conspiración; los austrohúngaros ni atacaron a tiempo ni aceptaron la respuesta serbia a su ultimátum; el zar Nicolás ii vaciló lastimosamente entre las posiciones paneslavas y militaristas, encabezadas por Sukhomlinov (jefe del ejército) y Krivoshein (ministro de Agricultura), y las pacifistas del recientemente defenestrado ex primer ministro, Kokovtsov, y al final no pudo hacer nada; el káiser pagó muy caro sus imprudencias y bravuconadas de los años y días anteriores, sobre todo el famoso “cheque en blanco”, la promesa de apoyo que dio a los austrohúngaros el 5 de julio, y sucumbió ante la paranoia de su aparato militar, encabezado por Von Moltke; los franceses se sintieron demasiado seguros de sus alianzas con rusos e ingleses, y, como se ha visto, estos últimos jamás hicieron clara su posición.

Finalmente, las declaraciones de guerra se sucedieron en cascada y el 1 de agosto las primeras tropas alemanas invadieron Luxemburgo. Muy poco después, hicieron lo mismo en Bélgica, violando la neutralidad de este pequeño país, que las potencias se habían comprometido a salvaguardar en el Tratado de Londres de 1839, lo cual obligaba a Gran Bretaña a intervenir.

Barbara Tuchman ha dejado una imagen indeleble de esos momentos: “En Whitehall esa tarde [3 de agosto], sir Edward Grey, de pie ante la ventana con un amigo mientras, abajo, las lámparas eran encendidas, dijo la frase que desde entonces ha sido el epítome de ese momento: ‘Las lámparas se apagan en toda Europa; no las volveremos a ver encendidas en nuestras vidas’”.8

¿Cómo pudo ocurrir?

Es imposible saber si cualquier otro suceso hubiera desencadenado de todas maneras una guerra mundial. Es decir, es imposible saber si la guerra era inevitable bajo cualquier circunstancia. Lo que sí sabemos es que, en las 10 décadas anteriores, crisis mucho más graves habían sido resueltas, así fuera a última hora, por la diplomacia y la alta política. Quizá fue eso mismo lo que alentó a los líderes a acercarse tanto al precipicio, confiados en que, como en el pasado, finalmente la guerra no estallaría. El caso es que la mala fortuna (el éxito de la conspiración) y la mala política se combinaron de manera letal para dejar que un asesinato como muchos otros que habían ocurrido en años anteriores desembocara en una movilización general de los ejércitos europeos y, eventualmente, de muchas partes del mundo.

Paso a paso, desde el día de los asesinatos, hubo numerosas oportunidades para impedir la guerra, pero ningún estadista tuvo la visión para hacerlo. Es mentira que nadie preveía el tipo de guerra que iba a ocurrir: varios líderes políticos y militares con capacidad de influencia estaban perfectamente conscientes de lo que se avecinaba si el conflicto degeneraba. Es mentira, también, que nadie hubiera podido hacer nada por impedirlo. Las guerras no ocurren por sí solas: alguien, en un momento específico, da la orden de movilización a los ejércitos.

No tiene caso ya echar culpas, la guerra moldeó el siglo y la historia que la siguió de manera trágica e irremediable.

En el centenario de la guerra, la situación geopolítica internacional guarda inquietantes y preocupantes similitudes con 1914: una potencia global renuente a intervenir debido a malas experiencias recientes (Gran Bretaña después de la Guerra de los Bóers y Estados Unidos tras Irak); una Rusia resurgente y belicosa; nuevas potencias orientales al alza (Japón entonces, China ahora); un rincón de Levante en llamas (primero los Balcanes y ahora Siria, Palestina e Irak); instituciones internacionales inexistentes o debilitadas; una Europa aburguesada e indiferente a lo que ocurre en su periferia.

Nadie dice que la historia tenga forzosamente que repetirse, ni como tragedia ni como farsa, pero lo cierto es que 1914 guarda lecciones imprescindibles que debemos estudiar. Más allá de la efeméride, ignoraremos lo que ocurrió en ese año y las décadas precedentes bajo nuestro propio riesgo.


1León Tolstói, Guerra y paz,Edimat, Madrid, 2000, p. 488.

2En esta visión, por supuesto, Marx no tendría “más que una influencia exterior y aparente”.

3Christopher Clark, The Sleepwalkers, Harper, New York, 2012. pp. 101-102, pássim.

4David Fromkin, Europe’s Last Summer, Vintage, New York, 2004.

5Joachim Remak, The Origins of World War I, Wadsworth, Belmont, 2001.

6Barbara Tuchman, The Proud Tower, Ballantine Books, New York, 1996 (1966).

7Niall Ferguson, The Pity of War, Basic Books, New York, 1999.

8Barbara Tuchman, The Guns of August, Ballantine Books, New York, 2004 (1962).

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