…pero no a los humanos: El Hombre que Amaba a los Perros, de Leonardo Padura

Estudio en donde se cometió el asesinato. Alamy.
El sórdido drama de Trotski y su asesino se va tejiendo en medio mundo, desde Moscú y Barcelona, pasando por algún lugar en Rusia, Turquía, Noruega, y París, hasta Coyoacán. La historia es contada sobre el paisaje deprimente de uno de los pueblos mártires del comunismo: Cuba la triste, Cuba el chivo expiatorio de la ideología.

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EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS. Leonardo Padura. Tusquets. México, 2024 (2009). Prólogo del autor. Epílogo de Rafael Acosta. 695 pp.

El siglo XX, todo lo que ocurrió en él y en todo el mundo, está marcado indeleblemente por una lucha casi cósmica, una iteración global de las guerras religiosas, que comenzó como un enfrentamiento geoestratégico más, y alcanzó aquél estatus a partir de la Segunda Guerra Mundial y su larga secuela, la Guerra Fría. La épica de esta saga está aún por escribirse, y quizá necesite su propia enciclopedia, pero contamos con las épicas de casos particulares enmarcados en la conflagración planetaria, y la historia del asesinato de Lev Trotski es una de las más apasionantes, sórdidas e inverosímiles. Esta encarnación del relato es, seguramente, la más exhaustiva y mejor narrada del caso.

Leonardo Padura (1955). www.cervantes.es

La novela engarza las biografías de Ramón Mercader, el asesino, y la de Trotski a partir de su exilio, en capítulos alternos hasta su fatal enlace, enmarcados en la narración en primera persona de Iván Cárdenas, el joven escritor – fracasado – cubano que un día conoce, en una playa de La Habana, al misterioso Jaime López. Un extranjero viejo y enfermo que pasea a sus dos borzoi, galgos rusos, y que le narra la historia del sicario y su víctima, siempre bajo un halo de misterio. A su vez, la vida de Iván sirve como contrapunto, al describir los efectos del comunismo, en su versión cubana, sobre las vidas de las personas. La represión, la sospecha mutua, el hambre, pero sobre todo el Miedo, esa presencia corrosiva y perenne que es la columna vertebral del sistema, son espejos del estalinismo padecido por Mercader y Trotski, en los tres casos con consecuencias trágicas.

Borzoi hembra. Wikipedia.

El hilo de Trotski comienza en Kirguistán, en 1929, con su esposa Natalia Sedova y su perra favorita, Maya, otra borzoi: “la gran victoria de Stalin había sido convertir la voz de Trotski en la encarnación del enemigo interno de la revolución”. Aplastado por la propaganda que él mismo había contribuido a crear, Trotski va siendo llevado, en medio de un invierno brutal, hasta Odesa, la ciudad en que, años atrás, había dejado las matemáticas por la revolución para acabar en su primer exilio, el zarista, en Siberia. De ahí es llevado a la isla turca de Prínkipo, en el mar de Mármara, donde pasará la nueva etapa del nuevo destierro.

En 1937, en España, el joven Ramón es visitado en el campo de batalla por su madre, Caridad del Río, el personaje más espeluznante de la trama – repleta de ellos – que le hace una pregunta perentoria. La respuesta decide el destino del joven: “Sí, dile que sí”. Ramón acaba de someterse a la esclavitud de Stalin, encargado de una misión que le llevará años cumplir y de la cual depende el futuro de la humanidad, ni más ni menos. Las biografías de Ramón y de su madre son simplemente horrorosas. Explican, aunque de ninguna manera justifican, su irrupción en la historia. Son seres marcados por el odio y la degradación humana más extrema. Para la época de la Guerra Civil, Caridad es agente de la policía secreta de Stalin, manipulada por “Kotov”, un ruso que será el “manejador”, mentor, guía y daimon de Ramón.

Ramón Mercader con su madre, Caridad, y su esposa, Roquelia, en Leningrado. www.elblogdeocata.blogspot.com

Mientras Trotski busca seguir influyendo en la política soviética y europea, entre traiciones, defecciones y acoso, reflexiona sobre su vida: “Él, como parte del aparato del poder, también había contribuido a asesinar la democracia que, desde la oposición, ahora reclamaba”. Esto es clave: Trotski es, sin duda, la víctima del cuento, pero no inocente. La pregunta crucial es esta: ¿hubiera sido diferente la URSS si Trotski, y no Stalin, hubiera sucedido a Lenin? ¿Se hubiera realizado el proyecto?

Trotski logra ser aceptado en Francia, pero pronto debe marcharse a Noruega donde, más que refugiado, es prisionero de un régimen hostigado por el nazismo recién llegado. En la URSS, mientras tanto, Stalin desata los demenciales Juicios de Moscú, quizá el episodio más bajo de la indignidad humana. ¿Por qué Stalin deja vivo a Trotski, aún? Porque lo necesita como espantajo y justificación. La Segunda Guerra Mundial lo hará desechable. En 1937, asilado por Lázaro Cárdenas, será recibido por Frida Kahlo y alojado en la Casa Azul, de Coyoacán.

Trotsky con Frida Kahlo. www.revistacentral.com.mx

Mientras tanto, Ramón es llevado a la URSS, a un campo de entrenamiento, donde es despojado de todo lo que hace a un ser humano: su dignidad; su libertad, aun de pensamiento; su personalidad, su historia y su alma, para convertirse en un ser vacío, con nombres de ocasión; una máquina de matar con un solo objetivo. En 1938, en París, y convertido en el playboy belga Jacques Mornard, el asesino cobrará su primera víctima: la pobrecita Sylvia Ageloff, una trotskista norteamericana, fea y tímida, que cae redondita en las redes del guapo Ramón-Jacques, un sueño hecho realidad para la condenada a solterona. Sylvia será la llave que lo introduzca a la intimidad de Trotski

Sylvia Ageloff www.workersliberty.org

El clímax se acerca en México. Con otra identidad falsa, y gracias a Sylvia, Ramón se va metiendo en la nueva casa coyoacanense de los Trotski, en la calle de Viena, tras la ruptura con el fantoche patético, Diego Rivera. En México están también la monstruosa Caridad y el demoníaco “Roberts” (Kotov-Tom-Eitingon). La suerte está echada.

En 1968, en su exilio moscovita, Ramón se reencuentra con Kotov-Eitingon. Son un par de fantasmas, rémoras de un estalinismo ido pero ubicuo.  Es un destino triste y sórdido, como todo en sus vidas. En Cuba sigue la vida, si a eso se le puede llamar así, mientras termina la Guerra Fría, se esfuma el sueño castrista y no resta más que una cárcel de cuerpos y almas. De Iván no queda sino esta historia de horror.

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Comentarios del artículo

4 respuestas

  1. Hola querido Memo, la crítica de este libro es buena, pero me parece que esta vez te faltó afinar el bisturí.
    Modificaría la pregunta de si hubiera sido distinto el proyecto político de la URSS si en lugar de Stalin hubiera encabezado Trotsky el poder, porque una de las mejores cosas del libro (profunda, interesante y quizás poco conocida, que lleva tratar de imaginar el cómo de ese “qué hubiera pasado si”), es mostrar la transformación de un Trotsky que co-lideró una revolución con decisiones terribles que no se cuestionó y que justificó, a una persona que comprende el daño que se le inflige a un pueblo cuando se justifica la eliminación de procesos independientes de justicia y de condiciones necesarias para el pensamiento crítico propio.
    En ese sentido, el título juega con palabras pero no acierta a lo que probablemente fue el motivo de vida de Dadidovich o Trotsky, que no era el odio, sino la búsqueda de condiciones de vida iguales para millones. (Ojo, que no quiero justificar sus consecuencias), me refiero en sentido literal al título.
    De igual manera, habría que separar los motivos (sobre todo cuando uno está cegado de idealismo y el otro sí emana o se origina en el rencor) de la madre de Ramón y el propio R. Mercader.
    De hecho, el autor lo hace y lo desarrolla muy bien -y es parte de lo que hace la obra verdadera valiosa, con densidad intelectual y artística-, que no se queda en la caricatura o en la superficie, si no que dota de distintos sentidos profundos a las motivaciones y reflexiones de estos insólitos personajes de la historia. Incluso, a pesar de ser escrita por alguien que ha sufrido el oscurantismo del Miedo (que tan bien logras cuando la escribes con mayúsculas),

    1. Querida Marcia, muchas gracias por tus comentarios. Coincido contigo en tu apreciación sobre Trotsky, en el sentido de que, como lo muestra claramente la novela con sus reflexiones en el exilio, llegó a entender las consecuencias de sus acciones previas y ejerció, a diferencia de muchos otros, la autocrítica. Creo que la diferencia de interpretación en cuanto al título es que yo – quizás equivocadamente – no lo entendí como alusivo a Trotsky sino a Mercader. Me pareció que uno de los (muchos) temas del libro es el proceso de deshumanización del sicario, y por eso titulé así la reseña. Un abrazo.

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